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Creemos > Los Sacramentos
EL BAUTISMOLa recepción de esta señal de fe les da a las personas bautizadas la seguridad de que el don divino de la vida nueva en Cristo les ha sido dada de manaera gratuita. Al mismo tiempo, las compromete a vivir desde ese momento de una forma nueva como discípulos consagrados de Jesús. El bautismo marca una línea divisoria en la vida del ser humano, poque simboliza un injerto como nueva criatura en la vida resucitada de Cristo. 1. El agua sola no nos salva
En el caso del bautismo, el signo externo y visible (físico) que ejecutamos es el bautismo con agua. Este existe para significar y testificar el bautismo que opera Dios con el Espíritu Santo, que es nuestra salvación, cuando morimos a nosotros mismos, somos limpiados de pecado y renacemos como hijos de Dios. El bautismo es un sacramento que señala nuestra salvación y nuestro renacer espiritual o regeneración. Sin embargo es el bautismo espiritual el que nos salva y no el bautismo de agua. El sacramento del bautismo no nos hace hijos de Dios. Este testifica el modo como renacemos, y quien es el que salva; por eso bautizamos siempre en nombre de la Trinidad. No es necesario tener el signo para recibir la gracia. Hacemos el signo como obediencia a Dios, quien nos mandó realizarlo para recordarnos lo que Dios está haciendo por nosotros. Es muy posible ser bautizado con agua y no con Espíritu, justamente como es posible recibir el bautismo espiritual sin el signo del agua bautismal, y ser salvado igualmente. Un ejemplo de esto es el ladrón penitente de la cruz. (Lc. 23:40-43) El no recibió el sacramento sino que clamó al Señor para ser salvo. El reconoció que necesitaba ser salvo y que Cristo tenía poder y autoridad. Por este reconocimiento, Cristo lo proclamó salvo. Si el ladrón no hubiera muerto en la cruz, él habría podido y debería haber recibido el signo sacramental como un testimonio de la salvación que él ya había recibido. El modelo del nuevo testamento para el bautismo es justamente éste. Los pecadores aceptan a Cristo como su señor y salvador, reciben salvación y son salvados y son bautizados dentro de la Iglesia como el medio para testificar sacramental y formalmente su salvación. Ellos entran en el Reino de Dios antes de que entren en la Iglesia visible. El período entre su salvación y el bautismo por agua puede ser corto o inexistente (pareciendo que los dos eventos son simultáneos), o puede ser un período largo, durante el cual hay investigación. En este último caso la Iglesia y los que reciben el sacramento pueden asegurarse de que ellos han tomado seriamente el asunto y de que ellos han aceptado de verdad a Cristo como Señor y Salvador. Esto se hace para que no se tome el sacramento como algo automático y para que la gente inconversa no reciba el bautismo a la ligera lo cual les daría un falso sentido de unión con Dios.
2. Nosotros bautizamos infantes
Una excepción obvia a esta regla es el bautismo de infantes. Mantenemos esta práctica, no porque creamos que podemos asegurar su salvación al verter agua sobre ellos o porque creamos que ellos ya han recibido la salvación. Los infantes no tienen la edad para aceptar o rechazar a Dios. Las decisiones se toman por ellos. Los aceptamos en la Iglesia sobre la base de la fe de sus padres y de la fe de la Iglesia. Al ser criados por padres cristianos, dentro de la Iglesia, ellos serán instruidos en la fe y aprenderán a recibir a Jesucristo como Señor y Salvador. Por esta razón no bautizamos niños si sus padres no son miembros de la Iglesia, porque esos niños recibirán precisamente la fe de sus padres. Llegará el tiempo en que el niño tendrá que aceptar por él mismo la salvación que un día fue aceptada en su nombre. El debe confirmar que verdaderamente tiene fe en Cristo. El rito de la Confirmación es el modo formal de la Iglesia para reconocer esto y para reconocer al niño del pasado como adulto creyente. Llega el momento en que el niño del pasado llega a saber por primera vez que tiene esta fe. Este momento llega posiblemente, después de un período de rechazo o de ignorancia de Dios, y es cuando él reconoce su pecado y acepta el precio que Cristo pagó en la cruz. También puede ser que ese momento sólo lo conozca a Dios; en este caso, el niño va creciendo en comprensión sin cuestionar su necesidad de Dios y sin poner duda que Cristo es su Salvador.
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